ProfeArte emerge cuando la enseñanza deja de orientarse
exclusivamente por la transmisión del conocimiento y se convierte en una
experiencia de creación compartida. En esta figura, el aula deja de
entenderse como un espacio destinado únicamente a explicar contenidos y
se transforma en un lugar donde estudiantes y docente investigan,
experimentan, crean y producen nuevas formas de comprender el mundo.
Las experiencias desarrolladas durante esta investigación evidenciaron
que la escritura, el modelado, el dibujo, la fotografía, el cultivo, la creación
audiovisual y la autorrepresentación no funcionan únicamente como
estrategias didácticas. También constituyen formas de conocimiento
capaces de transformar la manera en que los estudiantes se relacionan
consigo mismos, con los otros y con su proyecto de vida.
ProfeArte no designa al docente artista, sino una manera de
comprender la educación desde la creación. Su horizonte consiste en abrir
posibilidades para que el aprendizaje deje de ser repetición y se convierta en
experiencia.
Sairi corrió para trepar la malla de la escuela. De repente, se escuchó un
grito: ─ ¡Niño, bájese! Sairi no obedeció. Le hablé con voz de afecto:
─Sairi, vamos por tu refrigerio, y le extendí mi mano. Me respondió
con la mirada y bajó. Al cruzar el patio, un compañerito le gritó:
─Sairi, pareces mono, pareces mono. Pero no prestó atención a lo que
le decía su compañero. Seguimos caminando. Solté su mano para abrir la
puerta del salón y Sairi corrió impulsivamente a repartir puños a su
compañero; luego regresó a los brazos de su madre, quien lo regañó porque
la hizo quedar mal y porque está cansada de su mal comportamiento. Me
acerqué rápidamente a ellos y, antes de dirigirles la palabra, la madre de
Sairi me dijo:
─Siempre es lo mismo, en la escuela se quejan de que no presta
atención, que se le dificulta mantenerse sentado en su puesto, que es
anormativo. En casa no me escucha; pareciera que hablo con la pared.

Yupanqui jugaba solo. Habitaba el mundo con gestos y silencios que
pocos sabían leer. Aun así, deseaba una puerta abierta, una voz que lo
esperara, un lugar donde su manera de nombrar la vida no fuera un error,
sino un comienzo.
—No vengo a enseñarte, sino a jugar contigo —susurró ProfeArte.
El aula quedó quieta. El maestro se tendió en el piso, dejó que su cuerpo
buscara el ritmo del niño, pero Yupanqui permaneció en su propio lenguaje.
Entonces dejó que sus manos hablaran: tac… tac tac. El sonido vibró en el
suelo. Yupanqui levantó la mirada.
—Ah… ahí estás —dijo ProfeArte.
El niño respondió golpeando un objeto contra el piso… otra forma de
tocar el mundo.