—llegar a ser sensatos y consecuentes con lo que hemos aprendido—, según los sabios, se logra caminando hacia atrás. Des-andando se encuentra la raíz de todo lo que se aproxima, y de este modo —cuando se ha creado un problema— será más fácil hallarle una solución. Un hombre sabio muestra a los demás la importancia de des-andar, de des-aprender para ingresar sin tensiones en nuevas formas de ver las circunstancias del vivir. Ir hacia lo anteriormente realizado y abrirse a otros lenguajes para pluralizar el mundo, es una medida necesaria para alcanzar la comprensión de lo que hemos aprendido y lo que nos falta por aprender. Además de enseñarnos que los disensos provocan aperturas a un diálogo no previsto que suele enriquecer, más que mermar, y con el cual evidenciaremos cómo entender y acercarnos sin innecesarias agresiones, a quienes van a nuestro lado.
Un maestro crea al tiempo que exige creaciones de sus próximos. Si no ¿cómo dar validez a sus exigencias? Crear, tomado como originar, como ofrecer un punto de partida, de acercarse a lo naciente, no se hace sinónimo de “hacer” en la medida de un “tener” que hacer algo por hacerlo, puesto que, al no hacer, también estamos haciendo. Para recibir el destello que procura lo auroral hay que estarse en calma: implica meditar, estar en silencio y saber esperar el momento oportuno, el llamado de las cosas que quieren ser dadas a luz. Lo mismo ocurre cuando queremos que un pájaro se acerque: saber esperar es la medida. Pues bien, el maestro —en este caso— es un vehículo para alcanzar la paciencia y la confianza necesarias para lograrlo. Contemplar es hacerse uno con lo contemplado, y cabe aclarar que la “atención” podría desviar a quien crea, aunque lo sepa hacer. Por eso, quienes muestran lo que está escondido tras las cosas que vemos a simple vista, son buenos maestros, son poetas. Un maestro, al igual que el poeta, se desliza por la profundidad de las cosas, por las grietas que permite la superficie para donar su energía viva, el tejido que une y relaciona lo improbable. Un mundo que solo una persona dispuesta podría recibir.